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El show sinfónico de esta semana revivió el lazo de la folclorista con ese país, donde vivió en 1961 y 1962.

Cuando a José Soler se le pregunta por los grandes artistas con los que le tocó trabajar durante la época dorada de EMI Odeón Argentina, sin titubear nombra al uruguayo Alfredo Zitarrosa, al argentino Atahualpa Yupanqui y a la chilena Violeta Parra, con quien coincidió hace más de medio siglo. “A mí me impresionó su persona, su total persona”, dice el legendario ingeniero de grabación y músico de 86 años, nacido en Eslovenia como Josip y radicado desde 1948 en Buenos Aires, donde llegó junto a su familia escapando del régimen del mariscal Tito en Yugoslavia.

Soler fue uno de los testigos privilegiados del paso de la autora de La jardinera por el país vecino, el que se extendió doce meses, entre 1961 y 1962, dejando una importante huella en la escena musical trasandina. Algo que quedó demostrado una vez más esta semana, con el emotivo concierto sinfónico que artistas de ambos países realizaron por su centenario en el emblemático Teatro Colón de Buenos Aires.

“Ella era una excepción, tanto en lo humano como en lo artístico. Como decimos acá no era de ‘arriarla con las riendas’”, describe Soler, rememorando las sesiones que compartieron en los extintos estudios de EMI Odeón en calle Córdoba, en pleno centro de la metrópolis trasandina. En aquellas jornadas, donde también participó el ingeniero José Cortés, se registraron las 14 canciones que dieron forma a El folklore de Chile según Violeta Parra (1962), el único material de estudio que Parra grabó durante su estadía en Argentina, y dueño de una historia casi tan particular y enrevesada como la de su autora.

Gran parte del mito en torno al LP tiene que ver con la escasa difusión que tuvo en su momento. Compuesto originalmente de 14 canciones, algunas de éstas grabadas previamente -como Arriba quemando el sol y Arauco tiene una pena- y otras inéditas -La pericona dice, Salga el sol salga la luna-, el disco prácticamente no se comercializó hasta una década después y con otro título, luego que Mercedes Sosa y su Homenaje a Violeta Parra (1971) revivieran el interés de los ejecutivos trasandinos por la obra de Parra, quien había fallecido cuatro años antes. En Chile, en tanto, se publicó recién en 2008 bajo el sello Warner, y dos años después con una versión remasterizada del audio original a cargo de Oveja Negra.

Existen distintas versiones sobre lo ocurrido con el disco en Argentina, incluso algunas que apuntan a una posible censura ante el contenido “revolucionario” de ciertas canciones. “Los sellos son un poco cómodos en ese sentido y a la autoridad le molesta la verdad”, se limita a comentar Soler, quien guarda recuerdos más nítidos de la dinámica en el estudio, donde se topó con una Violeta Parra “bastante seria, segura de sí misma, pero por sobre todo triste, o al menos esa fue la impresión que me dejó”.

Más allá de su ánimo por esos días, lo que realmente impactó al ingeniero fue la destreza y la seguridad interpretativa de la cantautora -quien registró todos los instrumentos y voces del disco, con escasas segundas tomas-, así como su particular forma de tocar la guitarra. “No puedo olvidar ese rasgueo, muy propio de una zona de Chile, pero encima digerido por Violeta, quien parecía decir ‘acá estoy yo’”, cuenta el ingeniero, quien años después, en un viaje por el sur chileno, conocería personalmente ese folclor que tanto le llamó la atención.

De la pampa a la ciudad

Ante de llegar a Buenos Aires, Violeta Parra se instaló durante algunos meses en General Picó, ciudad ubicada en la pampa trasandina, hasta donde llegó para ayudar a su hermano Eduardo, quien vivía allí junto a sus hijos. En esa localidad, además de presentarse constantemente en peñas folclóricas, realizó talleres abiertos de cerámica y pintura para la comunidad.

Tras esa temporada en la pampa llegó a vivir a Buenos Aires, escogiendo como residencia una de las piezas del céntrico Hotel Fénix, ubicado en calle San Martín. Hoy, nadie del personal del recinto – reconvertido hace 15 años en hotel boutique- sabe que la creadora chilena vivió en una de sus habitaciones, la 111, donde instaló sus cuadros y arpilleras, recibió a curiosos y periodistas, y ensayó los temas del disco.

Eran días convulsionados al otro lado de la cordillera, tras el derrocamiento del presidente Frondizi por parte de las fuerzas armadas, y a la cantautora no le fue fácil adaptarse. “Estoy sufriendo por irme, pero así resistiré hasta que este país se ablande y sepa y sienta que yo ando por aquí”, le comentó Parra a su pareja, el suizo Gilbert Favre, en una carta fechada en 1961 cuyo ánimo coincide con el que recuerda Soler. 

“Tengo el corazón oprimido por lo lento de mis trámites en esta ciudad de porquería, pero no me dejaré aniquilar”, agrega en la misiva la creadora, quien tras la desazón inicial cambió su suerte: comenzó a tocar en teatros y en la televisión transandina, surgieron entrevistas de medios masivos y más de alguien la comenzó a reconocer en la calle. Eso hasta mayo de 1962, cuando recibe una invitación desde Finlandia y parte a Europa junto a sus hijos, por lo que no vería la publicación de su disco (tres meses después y con un número desconocido de copias, según la investigación del periodista Francisco Luque).

Como sea, su paso deja una huella importante en el mundo cultural argentino, cuyo alcance se expandiría aún más nueve años después, con el popular disco homenaje de Mercedes Sosa, el que formalizó un vínculo que con los años, y al igual que en Chile, han continuado figuras del folclor, como Los Chalchaleros y Facundo Cabral, y también del pop indie, como Lali Molina y Sofía Rei.

Fuente: Andrés del Real / La Tercera

 

Cuando a José Soler se le pregunta por los grandes artistas con los que le tocó trabajar durante la época dorada de EMI Odeón Argentina, sin titubear nombra al uruguayo Alfredo Zitarrosa, al argentino Atahualpa Yupanqui y a la chilena Violeta Parra, con quien coincidió hace más de medio siglo. “A mí me impresionó su persona, su total persona”, dice el legendario ingeniero de grabación y músico de 86 años, nacido en Eslovenia como Josip y radicado desde 1948 en Buenos Aires, donde llegó junto a su familia escapando del régimen del mariscal Tito en Yugoslavia.
Soler fue uno de los testigos privilegiados del paso de la autora de La jardinera por el país vecino, el que se extendió doce meses, entre 1961 y 1962, dejando una importante huella en la escena musical trasandina. Algo que quedó demostrado una vez más esta semana, con el emotivo concierto sinfónico que artistas de ambos países realizaron por su centenario en el emblemático Teatro Colón de Buenos Aires.

“Ella era una excepción, tanto en lo humano como en lo artístico. Como decimos acá no era de ‘arriarla con las riendas’”, describe Soler, rememorando las sesiones que compartieron en los extintos estudios de EMI Odeón en calle Córdoba, en pleno centro de la metrópolis trasandina. En aquellas jornadas, donde también participó el ingeniero José Cortés, se registraron las 14 canciones que dieron forma a El folklore de Chile según Violeta Parra (1962), el único material de estudio que Parra grabó durante su estadía en Argentina, y dueño de una historia casi tan particular y enrevesada como la de su autora.

Gran parte del mito en torno al LP tiene que ver con la escasa difusión que tuvo en su momento. Compuesto originalmente de 14 canciones, algunas de éstas grabadas previamente -como Arriba quemando el sol y Arauco tiene una pena- y otras inéditas -La pericona dice, Salga el sol salga la luna-, el disco prácticamente no se comercializó hasta una década después y con otro título, luego que Mercedes Sosa y su Homenaje a Violeta Parra (1971) revivieran el interés de los ejecutivos trasandinos por la obra de Parra, quien había fallecido cuatro años antes. En Chile, en tanto, se publicó recién en 2008 bajo el sello Warner, y dos años después con una versión remasterizada del audio original a cargo de Oveja Negra.

Existen distintas versiones sobre lo ocurrido con el disco en Argentina, incluso algunas que apuntan a una posible censura ante el contenido “revolucionario” de ciertas canciones. “Los sellos son un poco cómodos en ese sentido y a la autoridad le molesta la verdad”, se limita a comentar Soler, quien guarda recuerdos más nítidos de la dinámica en el estudio, donde se topó con una Violeta Parra “bastante seria, segura de sí misma, pero por sobre todo triste, o al menos esa fue la impresión que me dejó”.

Más allá de su ánimo por esos días, lo que realmente impactó al ingeniero fue la destreza y la seguridad interpretativa de la cantautora -quien registró todos los instrumentos y voces del disco, con escasas segundas tomas-, así como su particular forma de tocar la guitarra. “No puedo olvidar ese rasgueo, muy propio de una zona de Chile, pero encima digerido por Violeta, quien parecía decir ‘acá estoy yo’”, cuenta el ingeniero, quien años después, en un viaje por el sur chileno, conocería personalmente ese folclor que tanto le llamó la atención.

De la pampa a la ciudad

Ante de llegar a Buenos Aires, Violeta Parra se instaló durante algunos meses en General Picó, ciudad ubicada en la pampa trasandina, hasta donde llegó para ayudar a su hermano Eduardo, quien vivía allí junto a sus hijos. En esa localidad, además de presentarse constantemente en peñas folclóricas, realizó talleres abiertos de cerámica y pintura para la comunidad.

Tras esa temporada en la pampa llegó a vivir a Buenos Aires, escogiendo como residencia una de las piezas del céntrico Hotel Fénix, ubicado en calle San Martín. Hoy, nadie del personal del recinto – reconvertido hace 15 años en hotel boutique- sabe que la creadora chilena vivió en una de sus habitaciones, la 111, donde instaló sus cuadros y arpilleras, recibió a curiosos y periodistas, y ensayó los temas del disco.

Eran días convulsionados al otro lado de la cordillera, tras el derrocamiento del presidente Frondizi por parte de las fuerzas armadas, y a la cantautora no le fue fácil adaptarse. “Estoy sufriendo por irme, pero así resistiré hasta que este país se ablande y sepa y sienta que yo ando por aquí”, le comentó Parra a su pareja, el suizo Gilbert Favre, en una carta fechada en 1961 cuyo ánimo coincide con el que recuerda Soler.

“Tengo el corazón oprimido por lo lento de mis trámites en esta ciudad de porquería, pero no me dejaré aniquilar”, agrega en la misiva la creadora, quien tras la desazón inicial cambió su suerte: comenzó a tocar en teatros y en la televisión transandina, surgieron entrevistas de medios masivos y más de alguien la comenzó a reconocer en la calle. Eso hasta mayo de 1962, cuando recibe una invitación desde Finlandia y parte a Europa junto a sus hijos, por lo que no vería la publicación de su disco (tres meses después y con un número desconocido de copias, según la investigación del periodista Francisco Luque).

Como sea, su paso deja una huella importante en el mundo cultural argentino, cuyo alcance se expandiría aún más nueve años después, con el popular disco homenaje de Mercedes Sosa, el que formalizó un vínculo que con los años, y al igual que en Chile, han continuado figuras del folclor, como Los Chalchaleros y Facundo Cabral, y también del pop indie, como Lali Molina y Sofía Rei.