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El cantante vivió hace cuatro décadas su cima creativa, en una residencia alemana que transformó su sonido, lo acercó al nazismo y que a fin de mes se celebra con un recopilatorio.

Dispuesto a dar el mayor golpe de timón de su carrera, David Bowie tropezó con un mensaje poco alentador. Tras un show que ofreció en febrero de 1976 en Los Angeles, el cantante se encontró en una fiesta con uno de sus héroes, el escritor británico Christopher Isherwood, autor de la novela Adiós a Berlín y que había residido en la capital alemana a principios del siglo XX, en esa era de efervescencia cultural que antecedió al dominio nazi. Pero el novelista detuvo de inmediato el entusiasmo del joven Bowie. En los 70, Berlín le parecía un lugar aburrido y paralizado por el aislamiento del resto de Europa.

Pero al músico le importó poco y nada. Luego de residir dos años en Los Angeles, estaba decidido a cruzar el océano no sólo como un salto geográfico, sino que también como una metamorfosis personal: Berlín precisamente sintetizaba la ciudad donde podía sepultar su vida más reciente, acorralada por la cocaína, la soledad y la confusión. Si California era el epicentro del espectáculo, las calles desangeladas y el culto al ego, la urbe germana aparecía como un sitio cargado de historia y donde era fácil desvanecerse en el gentío multicultural.

En rigor, lo que deseaba era escapar de la cultura rock. “Ya no me interesa, es una música sin futuro”, postulaba, en una declaración que parece adelantarse a la actual fatiga que sufre el cancionero de guitarras. Por lo mismo, el inglés fijó el blanco en las bandas alemanas que integraban el género etiquetado como krautrock, tropa que encabezaban Kraftwerk, Can y Neu! Si durante la primera mitad de los 70 su obsesión era Mick Jagger -némesis y camarada en partes iguales, el frontman consular de la idiosincrasia rockera de Occidente-, ahora su radar se desviaba hacia figuras opuestas: músicos teutones que no mostraban sus caras, disfrazados de robots, ajenos al hambre de celebridad e inclinados hacia la música instrumental.

Con ese fin, inició en 1977 la mayor escalada creativa de su carrera, con el tríptico que forman los álbumes Low (1977), Heroes (1977) y Lodger (1979), los mismos que el 29 de este mes se festejarán con la salida del box set A new career in a new town. Pero la conversión alemana comenzó antes. En 1976, el cantautor preparaba su autobiografía, la que nunca llegó a editarse, pero que legó un concepto inmortal: el texto se iba a llamar El retorno del delgado Duque blanco. El personaje del Duque blanco ya sugería su adiós a América y su renovado afecto por Europa. En EE.UU. no existen los duques, a lo que se sumaba el guiño a la raza aria, asociada históricamente al Viejo Mundo.

Con esas dos imágenes, el londinense también inauguró su fase más controversial. Alterado por las drogas, empezó a experimentar una compulsiva fascinación por el dominio de masas desplegado por el Tercer Reich, en quienes veía el talento retórico y el histrionismo que tanto admiraba en los astros del espectáculo. “Tengan cuidado, Occidente va camino a su propio Hitler. Como músico, puedo advertir lo sencillo que es provocar un tumulto”, lanzaba ya en 1974.

Luego en otras entrevistas se refirió al Führer como un “artista de los medios” o “la primera estrella de rock de la historia”, lo que profundizó en la revista Rolling Stone: “Si hubiese estado en Alemania, habría sido Hitler. Y yo hubiera sido un Hitler increíble. Un dictador excelente, excéntrico y dominante”. El estallido final vino a mediados de 1976, cuando tras hablar con un diario sueco y asegurar que “a Inglaterra le vendría bien un líder fascista”, llegó a su ciudad natal en un Mercedes descapotable (el mismo de Hitler) y se puso de pie para alzar su brazo. Heil Hitler, Heil David.

Los medios reprodujeron el escándalo y rápidamente el cantante echó pie atrás. Sus colaboradores judíos, como el fotógrafo Andrew Kent, salieron a aclarar que su jefe jamás había sido antisemita.

Su actitud coincide con una etapa donde muchos músicos se sintieron atraídos por el nazismo. En los 70, los recitales multitudinarios eran algo inédito, por lo que algunos se vieron sobrepasados por un acto de subordinación masiva y culto a la personalidad que los retrataba como tiranos en potencia, tema que obsesionó a Bryan Ferry, Peter Gabriel, y sobre todo, Roger Wawters.

Quizás la mayor huella de los años berlineses del Duque radique en sus técnicas de grabación. Apoyado por el productor Brian Eno, ambos reunían en estudio a músicos que jamás se habían visto y los hacían improvisar, justo una década después de que The Beatles se aventuraran en un ejercicio similar con Sgt. Pepper. Los quiebres y las estructuras fuera de guión eran la ley, lo que originó temas como Sound and vision, cuya melodía parece no avanzar a ninguna parte. Como nunca, el Camaleón rendía honor absoluto a su leyenda.

Fuente: Claudio Vergara / La Tercera